lunes, 8 de febrero de 2021
Orgullo y prejuicio
lunes, 1 de febrero de 2021
El emperador goblin
El emperador goblin
Katherine Addison
lunes, 18 de enero de 2021
Un poco de odio
Un poco de odioJoe Abercrombie
domingo, 17 de enero de 2021
El evangelio de las anguilas
El evangelio de las anguilasPatrik Svensson
jueves, 7 de enero de 2021
Lago
Lago
Jean Echenoz
Las letras francesas brillan de lo lindo desde hace unas décadas: Houellebecq, Carrère, Vuillard… También Echenoz luce en esa lista.
Cuando escribió “Lago” ya era un escritor consolidado. Yo sólo conozco “Correr”, sobre la vida del atleta Zátopek, una pieza bastante diferente de esta novelita de espías que ironiza permanentemente sobre el gremio (y el género) y que está escrita con tono zumbón y mano maestra.
miércoles, 6 de enero de 2021
La era de la supernova
La era de la supernovaCixin Liu
sábado, 2 de enero de 2021
Johannes Brahms
Johannes Brahms
Jan Swafford
Gran libro de Swafford. Cuando se termina, queda la sensación de que se conoce mejor el modo de pensar, de sentir y de trabajar del biografiado; va mucho más allá de la enumeración de fechas y datos. Un logro realmente difícil que repitió en su biografía de Beethoven. Acaba de publicar otra de Mozart. Será otra gran lectura.
martes, 29 de diciembre de 2020
El infinito en un junco
El infinito en un junco
Irene Vallejo
Así comienza el bello ensayo de Irene Vallejo, que va desde los orígenes de la escritura y del libro como objeto hasta el final del Imperio romano, viajando siempre entre el pasado y el presente, anudando nuestra visión con la del pasado mediante ese objeto milenario que es el libro.
lunes, 14 de diciembre de 2020
Exhalación
Exhalación
Ted Chiang
Creo que “La historia de tu vida” (Bibliópolis, 2004) y este “Exhalación” que publica Sexto Piso (y que repite dos relatos que editaron Terra Nova y Sportula: “El ciclo de vida de los elementos de software” y “La verdad de los hechos, la verdad del sentimiento”, que en la traducción anterior era la verdad del corazón) reúnen todo lo escrito por este neoyorquino de origen chino. Menos de veinte cuentos en treinta años de actividad.
La prosa de Chiang es bastante normal; es raro encontrar en ella destellos, hallazgos sugerentes y desde luego no se la puede asociar a eso que solemos etiquetar como estilo en literatura. Los esfuerzos de nuestro autor se vuelcan en el contenido de cada historia que cuenta, en exprimir al máximo posible el tema de cada relato, tratando de agotar sus posibilidades. No extraña que necesite tanto tiempo para cada pieza terminada: se pueden releer muchas veces y siempre mueven a la reflexión.
Y así conocemos al alquimista que fabrica un maravilloso portal al pasado y al futuro, que atraviesan diferentes personajes, anudando un hilo en el que al final pasado y futuro se acoplan y resultan inamovibles; o esos seres que respiran el aire de unos pulmones hechos de titanio y que descubren una termodinámica hecha de aire y no de calor. La niñera autómata, la civilización que descubre que no es tan única ni tan reciente como piensa que es y los prismas que comunican dos realidades paralelas de un mismo individuo son otras de las joyas reunidas en el volumen.
Que escriba muchos más, Mr. Chiang.
lunes, 7 de diciembre de 2020
El Dios Tullido
El Dios Tullido
Steven Erikson
Y muchos años después, por fin se termina el camino. Décima y última entrega de Malaz. El resultado es satisfactorio por magnitud y por las sensaciones que proporciona, aunque es un libro en la línea de los últimos de la saga; Erikson opta en la mayoría de los capítulos (que no son cortos) por micro intervenciones de personajes y grupos de personajes, lo que para mi gusto le resta fuelle a la acción; además, al ser el último libro, parece que se ha sentido obligado a que todos lo protagonistas (que han sido centenares) tengan como mínimo una breve aparición. A eso hay que añadir que, por supuesto, y como ya se sabía casi desde el comienzo, iba a ser imposible que se explicaran todos los misterios… suponiendo que el propio Erikson, que ha terminado dando la sensación de haberse visto superado por la escala de la historia que ha construido, tenga una idea clara de los motivos y orígenes de algunos de sus personajes.
A pesar de los pesares, Erikson sigue proporcionando lo que se empeñó en ofrecer desde el comienzo: sentido de la maravilla y una historia a escala colosal. ¿Quién no querría ser un Abrasapuentes, tener un amigo como Ben el Rápido o ver un dragón? Ha merecido la pena. Da pena que se haya terminado. Y chapó para Ediciones B, que ha hecho la hazaña de retomar desde el comienzo una saga abandonada justo a la mitad por otra editorial y llevarla hasta el final.
viernes, 13 de noviembre de 2020
Excesión
Excesión
Iain M. Banks
Para desengrasar de Dostoievski, otra entrega de la saga de la Cultura. “Excession” es el título inglés, que la Factoría tradujo como “Excesión”, que busqué en el diccionario porque no tenía ni idea del significado y resulta que la palabra no está recogida. La traducción literal sería exceso, que es precisamente a lo que se refiere Banks en la novela: el encuentro con un hecho tecnológico y cultural que excede todo lo conocido.
Las entrañables naves-mente de la Cultura parecen haber dado con la horma de su zapato y encima está por medio esa civilización asalvajada que es la Afrenta. Una conspiración entre la Afrenta y ciertas Mentes enfrenta a otras Mentes y juega con el fuego desconocido que es la Excesión. En medio, una historia de amor completamente irrelevante que lo único que hace es distraer y romper el ritmo. La parte de las naves y la Afrenta, sensacional.
Ya sólo me quedan otros cuatro para leerlos todos.
sábado, 7 de noviembre de 2020
Crimen y castigo
Crimen y castigo
Fiódor Dostoievski
Tenía pésimos recuerdos de mi lectura de esta novela, que supuso un castigo en la criminal traducción de Cátedra. Los tiempos han cambiado, el negocio editorial también, y ahora editoriales medianas y pequeñas han logrado una calidad en los libros que venden que, en muchas ocasiones, da sopas con honda a los gigantes del sector.
Leer la traducción de Fernando Otero para Alba es leer otra novela; seguramente una que se parece mucho más a lo que escribió Dostoievski. Otra de las grandes novelas de la historia que se hizo por entregas, lo que parece mentira dado el tipo de material que contiene, muy alejado del folletín de aventuras o de episodios secuenciales más o menos relacionados entre sí.
En cualquier caso, ni siquiera en este segundo intento he logrado meterme en la lectura. Todos los personajes son, como en muchas novelas del XIX, ciclotímicos: basta un parpadeo inesperado de otro personaje para que se zambullan en abismos de desesperación; una media sonrisa y alcanzan el Nirvana; un reflejo inesperado en un cristal y caen en el paroxismo. En cualquier caso, sin duda marca un hito en su indagación en la culpa y también en su reflejo de la sociedad rusa de la época.
El capítulo en el que el protagonista confiesa por primera vez su crimen es muy bueno y creo que la sexta parte, en la que él ya se ha sincerado con Sonia y el juez le comunica que sabe que él cometió el crimen, aunque no disponga de pruebas, es la mejor del libro. Aquí la narración abandona el aspecto, digamos, policíaco (ya no se tratan las sospechas de unos y otros ni los sobreentendidos) y sólo se ocupa de los sentimientos de los personajes, de cómo buscan en ellos mismos los motivos que desencadenan sus acciones.
Así que final brillantísimo, aunque para mi gusto el desarrollo es excesivo… me gustaría saber qué pensarían los que la leyeron cuando se publicó.
viernes, 23 de octubre de 2020
El director es la estrella I
Dos libros que recogen las entrevistas realizadas por Bogdanovich a muchos de los grandes directores del Hollywood clásico. Hay una larga e inconexa introducción a cargo del propio Bogdanovich, muy interesante cuando habla de otros y muy aburrida cuando detalla su currículo. El bueno de Peter, que fue una estrella de la dirección un tanto efímera, carece de interés frente a sus entrevistados. Lo mejor de la introducción son las frases de Orson Welles:
“El enemigo de la vida es la mediana edad. La juventud y la vejez son épocas estupendas. Debemos valorar la vejez y dar a los genios la capacidad de funcionar en su vejez. No quitarlos de en medio”
Las entrevistas son bastante variadas; en algunos casos se trata tan sólo de notas recogidas durante una conversación y en otros son el producto de muchas horas de preguntas y respuestas espaciadas durante varios años. El resultado de las entrevistas también depende, lógicamente, del carácter y circunstancias del entrevistado.
Por ejemplo, Raoul Walsh decidió publicar sus memorias y canceló las entrevistas, así que lo que publica Bogdanovich excluye la parte más interesante de la filmografía del director, del que, en cualquier caso, queda claro que fue todo un personaje (marinero, domador de caballos, extra, actor y director).
El libro arranca con Allan Dwan, completamente desconocido para mí, que comenzó en los auténticos inicios del cine. Un predecesor de todos los demás directores. Trabajó a destajo, a veces con las grandes estrellas del momento, pero las condiciones de la época y el advenimiento de nuevas técnicas lo dejaron un poco en la cuneta (en contra de sus deseos). Lo más llamativo de Walsh y Dwan es que reflejan una época en la que la especialización no era necesaria: de entrada, se contaba con cualquiera que mostrara disposición para cualquier puesto. Impensable hoy día.
La entrevista a Fritz Lang es la que más me ha gustado de este primer volumen; incisiva, penetrante, perturbadora en algunos aspectos y muy rica en reflexiones sobre el uso de la cámara o la elección de argumentos para transmitir una idea. Lang debió de ser bastante perturbador, porque incluso la introducción que le hace Bogdanovich tiene un tono inquietante.
A Josef von Sternberg imagino que lo incluyó porque tenía relación personal con él: se niega a contestar ninguna pregunta y cuando responde lo hace prácticamente con monosílabos.
El gran Howard Hawks, con quien el autor tuvo un trato estrecho durante muchos años, se lleva la parte del león del volumen y su entrevista es un tercio del total del libro. Hace gala de esa actitud tan típica de la mayoría de directores de su generación (Ford a la cabeza): no soy un artista, esto es un negocio de entretenimiento, no sé por qué hice tal cosa, se está usted poniendo complicado (al intentar esclarecer las motivaciones de algún personaje), etc. Leyendo sus respuestas parece que con tres o cuatro buenos actores cualquiera podría haber emulado su prodigiosa filmografía.
Y el broche lo pone Alfred Hitchcock, que estaba claramente orgulloso de su trabajo y no tiene inconveniente en detallar todas las técnicas que utilizó (pensadas y ejecutadas con precisión milimétrica) para lograr los efectos de cámara de sus películas. Es otra entrevista enriquecedora, pero después de lo que hizo Truffaut en sus conversaciones con el genio británico, ya no hay mucho más que hacer con Hitchcock en el formato entrevista.
Una gran lectura. A ver qué nos depara el segundo tomo.
domingo, 11 de octubre de 2020
El hombre que nunca existió
El hombre que nunca existió
Ben Macintyre
Tras la batalla de El Alamein, después de haber tomado la decisión de invadir Sicilia, los Aliados intensificaron el complejo juego de espías, contra espías y falsas informaciones que jugaban con los alemanes en Europa. Era necesario hacerles creer que Sicilia no iba a ser invadida, presentarla como una maniobra de distracción y desviar su atención hacia un objetivo falso (Creta o Cerdeña).
Y de ahí nació la operación “Carne picada”, en la que se transformó un cadáver anónimo en un oficial de la marina británica que portaba documentos confidenciales describiendo la falsa invasión. Conseguir el cadáver, transportarlo hasta España y dejarlo embarrancar en la playa de forma que la red de espionaje alemana pensara que había atrapado una pieza de caza mayor era el objetivo de la operación.
Las peripecias para lograrlo sin que los alemanes sospecharan y la descripción de las exóticas personalidades envueltas en la aventura son el contenido del libro de Macintyre. Entretenido, sorprendente… y probablemente incluso real.
miércoles, 23 de septiembre de 2020
Vampiros… y más que vampiros
Vampiros… y más que vampiros
Varios autores
Otra entrega de las selecciones de relatos que Valdemar ha ido agrupando por temas en coquetos volúmenes de tamaño bolsillo con tapa dura. En esta ocasión, los siniestros vampiros. Aquí los hay canónicos, condales, como el más famosos de ellos; también los hay sedientos de las emociones de los demás, o víctimas de maldiciones; provenientes del mundo de las hadas; adaptados a la modernidad y hasta los hay cefalópodos.
Pollidori y su vampiro victoriano inician el volumen, que continua con Hawthorne, un vigoroso Dumas, el inevitable Poe, un relato muy gótico de Vignon y una sucesión que siempre está bien escrita y hecha como mínimo con oficio. Así que todo es buena literatura y se disfruta.
En general me he sentido más indiferente cuanto más romántico era el estilo: esos personajes ciclotímicos que llegan al ataque de nervios por una sonrisa entrevista me resultan muy artificiales. Los relatos que más me han gustado han sido “La dama pálida” de Dumas, escrito con intensidad y fuerza; “El parásito” de Conan Doyle, fascinante, con una gradación de la trama hecha con mano maestra; “Hijo de sangre”, de Richard Matheson, que es un ejemplo perfecto de su estilo directo y utilitario en el que unas palabras descarnadas cincelan un carácter y que en pocas páginas es capaz de causar auténtica aprensión y dar varios golpes argumentales y, por último, “El final de la noche”, de José María Latorre, el único español de la antología, muy clásico y verosímil pero actualizado y con un final inquietante.
Buenas traducciones a pesar de esa manía de Mauro Armiño por retorcer el diccionario (azulescos por no escribir azulados o albadas por evitar albas como plural del amanecer).
lunes, 21 de septiembre de 2020
Expiación
Expiación
Ian McEwan
McEwan es para mí, como otros grandes contemporáneos, un absoluto desconocido. Cuando se mencionaba el título de esta novela sólo recordaba la cara de Keira Knightley en la foto de promoción de la película basada en ella, que tampoco he visto. Sin embargo, en las recomendaciones de grandes lecturas para la pandemia no dejaba de aparecer este título, así que me puse con ello sin saber siquiera de qué trataba.
Y desde luego ha merecido la pena. Desde la primera línea la escritura es primorosa, casi delicada, de una sensibilidad exquisita para sintonizar los estados de ánimo de cada personaje. La primera parte comienza con un encuentro familiar y consigue generar interés sin contar nada especialmente interesante. Durante la reunión sucede algo que tuerce las vidas de varios personajes y que me hizo temer lo peor; parecía que íbamos a un culebrón televisivo. Pero no. En la segunda parte recorremos el camino a Dunkerque con las tropas británicas en retirada; el lodo, el hambre, la sed, la bestialidad del hombre; todo ya sabido pero renovado con el barniz de la buena literatura. Y en la tercera parte se abrocha la trama.
Dicho así parece más de lo de siempre pero no lo es. Es una novela prodigiosa gracias al estilo con que está narrada. Un clásico moderno. Una maravilla.
jueves, 27 de agosto de 2020
El sol. Una biografía
El sol. Una biografíaDavid Whitehouse
jueves, 13 de agosto de 2020
Tiempo de magos
Tiempo de magos
Wolfram Eilenberger
Lo habitual en los ensayos sobre filosofía es la aridez y, en muchas ocasiones, el aburrimiento. Hasta Russell en su inconclusa historia de la filosofía es más entretenido en los interludios históricos que en la descripción de cada escuela.
Eilenberger ha conseguido lo que
parecía imposible. Ha enmarcado su ensayo entre 1919 y 1929 para seguir la
pista de los cuatro pensadores más influyentes y originales del momento y
Wittgenstein, Heidegger, Benjamin y Cassirer van pasándose el testigo entre
ellos y recorremos sus peripecias vitales junto al discurrir de su pensamiento,
de forma que, por una vez, aparecen naturalmente asociadas las dos facetas de
su humanidad.
La acción comienza en 1929, en Cambridge, por una parte, donde Wittgenstein lee su tesis doctoral ante Bertrand Russel (“No se preocupen, sé que jamás lo entenderán”, les dijo a los examinadores al terminar); y en Davos, en el clímax del enfrentamiento intelectual entre Cassirer y Heidegger. Benjamin, que fue un cabo suelto en casi todos los aspectos de la vida, pulula de una ciudad a otra, de un país a otro, de una relación sentimental a otra.
Y desde ese momento culmen, retrocedemos a 1919 para ver la forja de todas esas ideas y las existencias de nuestros protagonistas que, en cierto modo, igual que sucede con los músicos y los escritores, plasmaron en sus construcciones intelectuales gran parte de su devenir vital.
domingo, 2 de agosto de 2020
El uso de las armas
El uso de las armas
Iain Banks
El primer libro que leí de la saga de la Cultura (que no es una saga, sino un escenario inventado por Banks en el que desarrolló varias novelas) fue “El jugador”, brillante e inolvidable. En realidad, fue la segunda novela del mundo de la Cultura y me gustó tanto que me fui a por la primera para leerlas todas. Pero la primera, “Pensad en Flebas”, pasó sin pena ni gloria y desde entonces han pasado un montón de años hasta que el calor y el agobio me han hecho buscar un lugar al que poder huir.
Así que retomé el mundo Banks con su tercera entrega, que es mejor que la primera, pero no llega a enganchar tanto como la segunda. Lo que sí hizo Banks aquí fue trabajarse una estructura elaborada, en la que parece que la trama importante es la nueva misión del agente Cheradenine Zakalwe de la sección de Circunstancias Especiales. Superpuesta con esa trama hay una segunda que es un flashback de la vida del buen Zakalwe y, al final del libro, ambas confluyen y se desvela el terrible secreto de nuestro hombre.
Es muy entretenido, pero deja la sensación de que todas esas páginas son sólo un “macguffin” construido para el fuego artificial del último capítulo. Aún así se disfruta leyéndola.
miércoles, 22 de julio de 2020
Entre el miedo y la libertad
Entre el miedo y la libertad
David M. Kennedy
Uno de esos ensayos raros por la brillantez reunida: contenido y forma; prosa de altura para describir con minuciosidad en lo social, en lo económico y en lo político el camino que recorrió Estados Unidos desde la Gran Depresión hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.
El arco que dibuja Kennedy comienza con el presidente Hoover (“el ingeniero”), un hombre brillante, con un recorrido internacional deslumbrante en la empresa privada y unos conocimientos técnicos apabullantes que fracasó en la gestión política de la enorme tormenta económica de 1929.
El testigo lo recogió Roosevelt, casi la antítesis de su predecesor; un hombre sibilino, astuto, que nunca reveló a nadie sus auténticos pensamientos; brillante en la diplomacia y en la consecución de acuerdos e incoherente en sus formulaciones económicas y políticas; oportunista, si pensaba que ceder en el momento le convenía para conseguir sus objetivos a largo plazo, lo hacía sin rubor. Una figura singular, de una influencia enorme, elegido cuatro veces para el cargo (la cuarta testimonial porque falleció meses después), que rompió todos los precedentes al intentar más de un segundo mandato consecutivo, hasta el punto que la vigesimosegunda enmienda, que limita el número de mandatos presidenciales a dos, se aprobó en 1947 debido en gran parte al temor del Congreso a que el país terminara siendo un régimen presidencial.
El camino de Roosevelt fue tortuoso y, visto día a día, evitando la reelaboración del pasado desde el conocimiento del presente, se muestra contradictorio, lleno de decisiones opuestas y de pasos adelante y atrás. Sin embargo, lo cierto es que el presidente consiguió llevar a cabo en líneas generales las grandes reformas de las que sólo había esbozado una idea superficial: en 1937 la situación económica había mejorado sustancialmente respecto a su primer año en el puesto (1932), se habían asentado los cimientos de la primera Seguridad Social que había conocido el país, se había ordenado el caótico sistema bancario y se había abordado el espinoso asunto de la reforma del Tribunal Supremo, visto por la población como un lugar sacrosanto, y que se oponía sistemáticamente a cualquier intento de legislar desde el Gobierno las condiciones de contratación que las empresas ofrecían a los trabajadores.
A pesar de todo, los problemas seguían siendo colosales: millones de parados, una nueva recesión en 1937 que parecía capaz de tumbar los logros conseguidos, enormes tensiones raciales que Roosevelt evitaba abordar debido a su dependencia del apoyo de los demócratas de los estados del sur y una obstinada reticencia de la mayoría de la nación a involucrarse en cuestiones internacionales, independientemente de su naturaleza e influencia en los asuntos del propio país.
Y entonces llegó el hiato de la guerra. Roosevelt tuvo clara la necesidad de involucrarse desde el comienzo, pero sólo dio pasos discretos y titubeantes ante la resistencia, incluso dentro de su propio partido, a abandonar el aislacionismo. En 1940 Roosevelt sería elegido para un inédito tercer mandato, durante el que se aceleró la conversión de toda la producción industrial del país en una industria de guerra y Pearl Harbor sería el detonante de la participación en el conflicto (algo que probablemente habría sucedido de todos modos).
La guerra trajo a Estados Unidos una prosperidad desconocida. El enfoque de producción en cadena, los colosales recursos materiales y humanos del país y su lejanía de todos los escenarios de combate, condujeron a la construcción de fábricas en las que trabajaban 40.000 personas que producían un bombardero al día. En 1944 Estados Unidos fabricaba más material de guerra (armas, munición, herramientas, ropa, comida) que Reino Unido, Alemania y Japón juntos y más del 10% del material del Ejército Rojo provenía de fábricas estadounidenses. Y todo ello sucedió a la vez que el nivel de vida de la población se incrementaba más del 15% (mientras que en el resto de países beligerantes descendía más del 20%).
Es muy interesante ver la guerra desde el interior de Estados Unidos, algo que en las historias del conflicto no suele tratarse. Testimonios de miles personas que, por primera vez, gracias a la producción industrial frenética, tuvieron un trabajo estable y pudieron comprarse una camisa, ir al cine o disponer de agua corriente y electricidad en una vivienda que no era equiparable a una chabola. Pero también los testimonios de los negros, discriminados en el ejército y en la empresa, que se negaba a contratarlos. Y los de los japoneses (decenas de miles) residentes en el país, que fueron encerrados en campos de concentración en la Costa Oeste.
Los procesos electorales del país no se vieron ningún momento alterados por las circunstancias, por lo que, en 1944, en plena guerra, volvió a haber elecciones. En esta ocasión Roosevelt no disimuló su intención de ser candidato, si bien tuvo que recurrir a un vicepresidente que no era su favorito pero que le garantizaba la unidad del partido y, de hecho, fue la victoria más apurada de las cuatro que logró. Llegado a este punto, la salud de Roosevelt era tan mala que en la conferencia de Yalta el médico personal de Churchill anotó en su diario que, como médico, veía a un hombre al que le quedaban pocos meses de vida.
Y así fue. Roosevelt no vería el final de la guerra y su vicepresidente, un granjero de Missouri cuya educación no había ido más allá de la secundaria, que fracasó en los negocios que emprendió, pero que se labró una carrera política desde la honestidad (fue el único demócrata que no participó en la red de corrupción del partido en Missouri) y la capacidad para conseguir acuerdos, sería el que, como él mismo confesó, accedió a la presidencia lleno de terror en 1945. Sería Truman el que se enfrentaría al comienzo de la guerra fría en Potsdam y el que sancionaría la decisión de lanzar la bomba atómica sobre Japón.
Y con el final de la guerra termina el libro y nos deja unos Estados Unidos que habían pasado de la depresión y el aislacionismo a ultranza a disponer de la mitad de la capacidad de manufactura de todo el planeta, generar más de la mitad de la electricidad que se producía en el mundo, atesorar dos tercios de todas las reservas de oro, producir el doble de petróleo que todos los demás países juntos y ser el impulsor y fundador de algunas de las organizaciones internacionales más decisivas e influyentes de los últimos setenta años: FMI, OTAN, Organización Mundial del Comercio…
Inevitablemente, eso forjó una leyenda acerca de la guerra en la que los comportamientos bestiales fueron piadosamente olvidados y dio lugar a una imagen propia que, desde fuera, siempre se observó como un ejercicio de cinismo. También dio pie al que quizá, por encima de la guerra fría, sea el hecho más significativo de la segunda mitad del siglo XX, el que más ha modelado el mundo hasta hoy día: la globalización. Resulta paradójico que el país que la impulsó (consciente o inconscientemente) hoy se vea a sí mismo como una víctima del proceso, esté abandonando las alianzas y organizaciones que él mismo creó y, al menos aparentemente, esté dejando en manos de sus rivales la toma de decisiones consensuadas a nivel internacional. ¿Quo vadis?



















